Agencia de Noticias AhlulBayt (ABNA): el Hoyatoleslam Mohammad Hosein Amin, escritor e investigador religioso, en un artículo exclusivo para ABNA, aborda la crisis de la falta de un oído atento en la sociedad actual y, a través de un análisis de la sira del Mensajero de Dios (PB), muestra por qué el Profeta del Islam, antes de ser un orador poderoso, fue un oyente paciente ante los dolores humanos, y cómo esta virtud olvidada puede deshacer los nudos de las comunicaciones fragmentadas del ser humano contemporáneo.
La era de la verborrea y las personas solitarias
Vivimos en la época más ruidosa y bulliciosa de la historia. Las redes sociales han dado a cada uno de nosotros un altavoz para hablar constantemente, opinar y expresarnos. Sin embargo, en medio de esta enorme cantidad de palabras y voces, se siente con fuerza un gran vacío: «no hay nadie que escuche». Muchas depresiones, divorcios emocionales, brechas generacionales entre padres e hijos, e incluso la ira social, tienen su raíz en esta misma línea: las personas sienten que no son escuchadas. Cuando estamos cansados, cuando hemos cometido un error o cuando tenemos un nudo en la garganta, no buscamos a alguien que nos dé un discurso o nos aconseje; solo queremos un «oído seguro». Un ser humano que se siente frente a nosotros sin juzgar y nos escuche por completo.
Un Profeta que era todo oídos
La imagen mental que muchos de nosotros tenemos de los líderes religiosos es la de personas que siempre se sientan en el papel de orador, predicador y consejero, mientras el resto debe guardar silencio y escuchar. Sin embargo, el Sagrado Corán ofrece una imagen sorprendente del Profeta del Islam (PB). Él escuchaba tanto las palabras de la gente —incluso las infundadas y repetitivas— que los hipócritas consideraban este comportamiento un punto débil suyo y, para burlarse, le pusieron el apodo de «udun» (oído/todo oídos). El Corán, al defender al Profeta (PB), confirma esta afirmación, pero la considera no un punto débil, sino la más alta virtud para un líder:
«وَمِنْهُمُ الَّذِینَ یُؤْذُونَ النَّبِیَّ وَیَقُولُونَ هُوَ أُذُنٌ ۚ قُلْ أُذُنُ خَیْرٍ لَکُمْ»
(«Y entre ellos hay quienes molestan al Profeta y dicen: 'Él es todo oídos'. Di: 'Es un oído bueno para vosotros'»).[1] El Profeta (PB) no solo hablaba a la gente; ante todo, la escuchaba. Este «saber escuchar» era una misericordia y una seguridad en la que se refugiaba el ser humano cansado de la violencia de la Yahiliyya.
El trato con el opositor, el pobre y el transgresor
En la sira práctica del Mensajero de Dios (PB), «escuchar» no era una táctica ocasional, sino su estilo de vida. Los relatos shiíes han registrado detalles sorprendentes de este arte del Profeta (PB). El alama Tabatabai, en su libro Sunan al-Nabi, cita fuentes fidedignas según las cuales, cuando alguien hablaba con el Profeta (PB), él nunca interrumpía sus palabras hasta que la propia persona guardaba silencio.[2] Para el Profeta (PB) no importaba si quien hablaba era el jefe de una tribu, un joven exaltado, una persona pobre o incluso un transgresor. Al escuchar, no se limitaba a asentir con la cabeza, sino que se volvía hacia su interlocutor con todo el cuerpo (كَانَ إِذَا تَوَجَّهَ إِلَى أَحَدٍ تَوَجَّهَ بِكُلِّيَّتِهِ).[3] Esto significaba: «en este momento, tú y el dolor que llevas son el asunto más importante del mundo para mí». Cuando un joven se acercaba a él con peticiones poco convencionales, o cuando un opositor formulaba las críticas más duras, el Profeta (PB) no fruncía el ceño, no le cerraba la boca ni lo apartaba del debate etiquetándolo. Él escuchaba con paciencia hasta que se descargaba la emoción de su interlocutor, lo trataba con respeto y después le hablaba con un cariño paternal.
«Escuchar a las personas» y «escuchar la voz del pueblo»
Al analizar la sira profética, es necesario distinguir entre dos niveles de escucha: el nivel individual y el nivel social. «Escuchar a las personas» equivale a la empatía individual, es decir, que nuestro cónyuge, hijo o amigo sienta que sus dolores personales tienen quien los reciba. Pero el Profeta (PB), en su papel de gobernante, también escuchaba «la voz del pueblo». Escuchar la voz del pueblo significa comprender el pulso de la sociedad, entender las preocupaciones ocultas de la opinión pública y respetar la sabiduría colectiva. Un gobernante o dirigente que no escucha la voz del pueblo se hunde en sus propias ilusiones y, con el tiempo, pierde su base social. Aunque el Profeta (PB) estaba conectado con la revelación divina, en las guerras (como la de Uhud y la del Foso) escuchaba las opiniones del pueblo y de los jóvenes, y en ocasiones cambiaba su propia postura a favor del voto y la voluntad de la mayoría.[4] Así demostró a la sociedad que «tu voz y tu opinión son válidas».
¿Qué se debe hacer? (El ejercicio del silencio significativo)
La sociedad convulsa y las familias agotadas de hoy necesitan, más que presupuestos y recursos, un «abrazo que escuche». Creemos erróneamente que la habilidad comunicativa consiste en «hablar bien», cuando en realidad el punto de partida de una comunicación sana es «saber escuchar». Para tomar como modelo, en la vida cotidiana, la sira del Profeta que tanto escuchaba, no hace falta emprender grandes acciones; desde hoy mismo podemos practicar estas pequeñas y prácticas estrategias:
Dejar el teléfono móvil a un lado: cuando nuestro cónyuge, hijo o amigo nos habla, debemos apagar la pantalla del móvil, mantener contacto visual y volvernos hacia él con todo el cuerpo.
No escuchar solo para responder: el mayor mal de las conversaciones actuales es que no escuchamos las palabras del otro, sino que simplemente guardamos silencio para preparar mentalmente una respuesta contundente. La próxima vez, escuchemos únicamente para «comprender su dolor», no para responder.
Repetir las palabras clave: cuando alguien habla de su dolor o de su error, no debemos interrumpirlo ni decirle «¡ya te lo dije!». Basta con asentir con la cabeza y decir frases como «entonces sufriste mucho» para mostrarle que lo hemos comprendido por completo. A veces, el mayor bálsamo para un ser humano es ser escuchado en silencio y sin juicio, tal como aquel Profeta que era todo oídos.
Notas y fuentes:
[1]. Sura At-Tawba (El Arrepentimiento), aleya 61.
[2]. Tabatabai, Sayyid Mohammad Hosein, Sunan al-Nabi (PB), traducción de Mohammad Hadi Feqhi, Teherán: Ketab Forushi-e Eslamiyye, p. 43. (مَا تَكَلَّمَ أَحَدٌ عِنْدَهُ إِلَّا أَنْصَتَ لَهُ حَتَّى يَفْرُغَ).
[3]. Tabarsi, Hasan ibn Fadl, Makárem al-Ajlaq, Qom: Ash-Sharif al-Radi, p. 17. (Descripción de la sira del Profeta en el trato con sus interlocutores y su atención física y espiritual plena hacia ellos).
[4]. Ibn Hisham, Abd al-Malik, As-Sira an-Nabawiyya, vol. 3, p. 68. (Referencia a la consulta del Profeta (PB) con los jóvenes antes de la batalla de Uhud y a la aceptación de su opinión de salir de Medina, pese a su parecer personal de permanecer en ella).
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